Lo que nosotros proyectamos en nuestros hijos e hijas también formará parte de su acervo emocional, intelectual y psicológico.

Esta herencia involuntaria puede condicionar su desarrollo futuro.

 

Por ello, los adultos tenemos que hacer un ejercicio introspectivo, propio y personal en la interacción con nuestros hijos e hijas. Tenemos la obligación de conocernos lo mejor posible y de limitar esos aspectos negativos para que su influencia sea la menor posible. Es una forma de crecer nosotros mismos y de ofrecerles a ellos un mejor clima de confianza, desarrollo emocional estable y de seguridad psicológica. Y así, evitar que nuestros propios miedos y ansiedades se trasladen en bruto a nuestros hijos e hijas. Una herencia no premeditada que les podemos dejar en sus cabezas.

En la crianza responsable debemos ser muy cuidadosos con los mensajes implícitos y explícitos que transmitimos. Unos conscientes y otros inconscientes que nuestros menores captan como esponjas. Las inseguridades propias, los miedos acumulados, las frustraciones y la ansiedad superan nuestras rutinas cotidianas y, sin quererlo, lo transmitimos a nuestros hijos. Un trabajo previo en nosotros mismos, la realidad y el autoconocimiento de nuestros propios miedos, y nuestras limitaciones no sólo nos puede ayudar en lo personal, sino en el trato con los más pequeños.

Transmitir mensajes constantes de alerta, riesgo o de inseguridad nos predispone a la sobreprotección, que se termina proyectando en ellos en inseguridades, ansiedad, la pérdida de la autoestima, una limitación de su autonomía y un grado elevado de la dependencia sobre los adultos. Este camino lastrado podría tener consecuencias en el desarrollo pleno de sus capacidades.

Porque, aunque el miedo es una respuesta natural del ser humano, también se aprende. Y se aprende, especialmente, de los modelos de referencia como los padres y madres. El papá que tiene miedo a las alturas o la mamá que sufre fobia social ante los grupos grandes de personas terminan, de una forma u otra, de trasladar esa alerta mental al menor. Evitar esto requiere un proceso de reflexión para limitar los miedos propios.

Esto no significa un descuido de las situaciones de riesgo, sino un acompañamiento al menor en esas situaciones que no soportamos, como pueden ser determinadas actividades físicas, sociales o de contacto con nuestras propias fobias. La cercanía le confiere seguridad al menor, al mismo tiempo que nos garantizamos un control del límite ante situaciones de verdadero peligro. Claro está que requiere un ejercicio de autocontrol propio, y de bloqueo de la sensación personal de miedo ante nuestros hijos.

En estos casos, como en muchos otros, la comunicación entre padres e hijos es fundamental. Tanto para explicar los miedos propios como los riesgos reales. Una conversación, adaptada a la edad del menor, ayuda a liberarle del temor propio y le permite experimentar aquellas sensaciones y actividades a las que nosotros mismos podemos estar limitados.

Sin duda, liberarles de nuestras angustias y frenos personales será también uno de nuestros mayores éxitos, no dejarles en herencia nuestras propias fobias y nuestros miedos. Y sí, la sensación de responsabilidad ante sus propios actos y el conocimiento de los posibles riesgos – reales – que conllevan.

 

 

 

 

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