Hay una pregunta que los adolescentes se han hecho siempre, en todas las épocas y culturas: ¿quién soy?
Es una pregunta central de la adolescencia, el motor detrás de muchas de sus decisiones, conflictos y búsquedas.
Pero hoy esa pregunta se construye en un escenario radicalmente nuevo. Un escenario en el que los algoritmos saben lo que les gusta antes de que ellos mismos lo sepan, en el que los sistemas de inteligencia artificial moldean lo que ven, sienten y piensan cada día.
En Instituto Alcaraz trabajamos cada vez más con adolescentes cuyas dificultades emocionales tienen un componente digital difícil de ignorar. No porque la tecnología sea la causa de todo, sino porque forma parte del contexto en el que crecen, se relacionan y se construyen como personas. Por eso nos parece necesario hablar de ello con rigor y sin alarmismo.
Qué entendemos por identidad en la adolescencia
La identidad no es algo que se tenga o no se tenga. Es un proceso dinámico, en constante construcción, que se va formando a través de las experiencias, las relaciones, los valores interiorizados y la imagen que el entorno nos devuelve de nosotros mismos. Erik Erikson, uno de los referentes clásicos en psicología del desarrollo, describía la adolescencia como el período crítico en el que el individuo busca integrar quién ha sido con quién quiere ser, frente a la confusión de roles que puede generar el mundo que le rodea.
En este proceso, el entorno tiene un papel fundamental. No determina quién será el adolescente, pero sí ofrece los materiales con los que se construye. Y en 2025, uno de los ‘inputs’ más presentes en ese entorno es la inteligencia artificial, en sus múltiples formas: algoritmos de recomendación, chatbots, filtros, herramientas generativas, asistentes virtuales, etc.
Cómo actúa la IA en el desarrollo de la identidad
La inteligencia artificial no aparece en la vida de los adolescentes como una tecnología separada y visible. Está integrada en las plataformas que usan a diario, y actúa de formas que muchas veces son completamente invisibles para ellos y para sus familias.
Uno de los mecanismos más relevantes es el de los sistemas de recomendación. Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube utilizan modelos de aprendizaje automático para predecir qué contenido va a generar más tiempo de atención y retención en cada usuario. Lo que esto significa en la práctica es que el adolescente no elige libremente lo que consume, sino que el sistema va aprendiendo de sus reacciones y le ofrece versiones cada vez más afinadas de lo que ya le ha generado una respuesta emocional. Esto crea lo que se conoce como burbujas de contenido, entornos digitales donde solo se ve aquello que refuerza lo que ya se siente, se piensa o se desea.
Según estudios publicados en 2025 ‘What teens are saying about AI, right now’ por el Centro Digital de la Escuela de Educación de Posgrado de Harvard, el 51% de los jóvenes de entre 14 y 22 años en Estados Unidos afirma haber utilizado herramientas de inteligencia artificial generativa, y un 30% las emplea incluso para tomar decisiones importantes. Esto nos habla de adolescentes que ya no solo consumen contenido filtrado por algoritmos, sino que delegan en sistemas de IA parte de su proceso de reflexión y toma de decisiones, funciones que son nucleares en la construcción de la identidad.
Hay otra dimensión de la IA que afecta de forma directa a la identidad adolescente: los filtros, las herramientas de edición impulsadas por inteligencia artificial y la proliferación de imágenes generadas que muestran cuerpos, rostros y estilos de vida que no existen. Cuando un adolescente pasa mucho tiempo en entornos donde la imagen está sistemáticamente manipulada, la brecha entre el yo real y el yo digital puede volverse desconcertante.
Esta presión no es nueva. Las revistas con imágenes retocadas existían mucho antes de Instagram. Pero la escala, la accesibilidad y la personalización que ofrecen los sistemas actuales de IA sí representan algo cualitativamente diferente. El adolescente no solo ve imágenes idealizadas de forma pasiva, sino que, en muchos casos, puede producirlas de sí mismo con facilidad, creando versiones artificiales de su propia imagen que después comparte como representación de quién es.
¿Qué pueden hacer las familias?
No se trata de desconectar a los adolescentes del mundo digital. La tecnología forma parte de su realidad social y cultural, y pretender lo contrario sería tanto ingenuo como contraproducente. Lo que sí pueden hacer las familias es cultivar una presencia activa y curiosa en la vida digital de sus hijos, no desde la vigilancia, sino desde el diálogo.
Algunas claves que trabajamos desde Instituto Alcaraz con las familias que acompañamos son las siguientes. En primer lugar, hablar de lo que ven, no solo de cuánto tiempo pasan. La pregunta no es solo cuántas horas está en el móvil, sino qué está viendo, qué le genera, qué ideas le quedan después. En segundo lugar, ayudarles a desarrollar lo que se llama pensamiento crítico digital, es decir, la capacidad de preguntarse de dónde viene una imagen, qué intereses tiene la plataforma que se la muestra, qué quiere generarle emocionalmente. En tercer lugar, mantener espacios de conversación donde el adolescente pueda expresar cómo se siente consigo mismo sin que eso active inmediatamente la corrección o la preocupación del adulto.
Y cuando los patrones de malestar relacionados con la imagen, la comparación social o el uso problemático de la tecnología son persistentes, la consulta con un profesional de salud mental puede marcar una gran diferencia. No porque el adolescente tenga un problema, sino porque tiene derecho a crecer con herramientas para entender el mundo que le ha tocado habitar.
Una reflexión final
La inteligencia artificial no va a dejar de estar presente en la vida de los adolescentes. La pregunta no es si va a influir en cómo se construyen como personas, porque ya lo está haciendo. La pregunta es si los adultos que los acompañan, familias, educadores, profesionales de la salud, están suficientemente preparados para entender esa influencia y para ayudarles a navegarla con criterio.
Crecer siempre ha requerido aprender a orientarse en un mundo que no se ha elegido. Lo que cambia hoy es que parte de ese mundo está diseñado por sistemas que aprenden de ellos, que los observan y los modelan en tiempo real. Eso no tiene por qué ser paralizante. Pero sí merece toda nuestra atención.

