Hay niños y adolescentes que en el colegio parecen estar bien.

Atienden, no generan conflictos, se relacionan con sus compañeros con aparente normalidad. Y, sin embargo, al llegar a casa se desmoronan.

Lloran sin saber por qué, tienen explosiones emocionales desproporcionadas, o simplemente se apagan, se encierran en su habitación y no quieren hablar con nadie. Las familias lo describen con desconcierto, en el cole dicen que va fenomenal, pero en casa es otra persona.

Muchas veces, detrás de ese contraste hay un mecanismo que en psicología y en el ámbito de la neurodiversidad se conoce como masking, o enmascaramiento. Es un concepto relativamente reciente en la conciencia pública social, pero con implicaciones clínicas y educativas muy relevantes que merece la pena entender bien.

 

Qué es el masking

El masking es el proceso, a menudo inconsciente, mediante el cual una persona neurodivergente oculta o modifica sus comportamientos naturales para adaptarse a las expectativas del entorno y pasar desapercibida. El término se ha utilizado especialmente en el ámbito del TEA, pero también es muy prevalente en el TDAH y en otras condiciones neurodivergentes.

En la práctica, puede manifestarse de formas muy distintas. Un niño autista que aprende a imitar el contacto visual, aunque le resulte incómodo y le genere sobrecarga. Una adolescente con TDAH que desarrolla sistemas compensatorios para no olvidar tareas, que invierte un esfuerzo enorme en parecer organizada, aunque por dentro sienta un caos constante. Un niño que suprime sus estereotipias, esos movimientos repetitivos que le ayudan a regularse, porque ha aprendido que sus compañeros se ríen de ellos. En todos estos casos, el resultado externo es parecido: un menor que parece funcionar con normalidad. El coste interno es lo que no se ve.

 

El entorno escolar como detonante

El masking no aparece en el vacío. Es una respuesta adaptativa a un entorno que envía señales, explícitas o implícitas, de que ciertos comportamientos no son aceptables. Y el entorno escolar, por sus características específicas, es uno de los contextos donde esta presión se ejerce con mayor intensidad.

La escuela es un espacio muy normativizado. Hay normas sobre cómo sentarse, cómo hablar, cómo relacionarse, cómo responder a las preguntas del profesor, cómo comportarse en el recreo. Para un niño neurotípico, muchas de estas normas se internalizan de forma casi automática. Para un niño neurodivergente, seguirlas puede requerir un esfuerzo activo y sostenido que agota recursos cognitivos y emocionales que necesitaría para otras funciones, incluido el aprendizaje.

 

Las señales que sí se pueden ver

Precisamente porque el masking está diseñado para ocultar, detectarlo requiere prestar atención a indicadores indirectos. Algunos de los más frecuentes que observamos desde Instituto Alcaraz en nuestra práctica clínica son los siguientes.

El agotamiento posterior a situaciones sociales es uno de los más consistentes. El menor puede parecer bien en clase o en una actividad extraescolar, pero llega a casa completamente fuera de sí o en estado de irritabilidad. No es un cambio de humor caprichoso, sino una descarga de un sistema nervioso que ha estado funcionando a pleno rendimiento durante horas.

El discurso demasiado ensayado es otra señal relevante. Cuando un niño o adolescente responde a preguntas sociales de forma que suena repetida o memorizada, sin la espontaneidad propia de su edad, puede ser indicativo de que ha desarrollado guiones sociales aprendidos para compensar la dificultad de leer e interpretar las interacciones de forma natural.

También es significativo el contraste marcado entre el funcionamiento en entornos muy estructurados y los no estructurados. Los menores que hacen masking suelen funcionar mejor cuando las reglas están claras y son predecibles, y mostrar mayores dificultades en contextos como el recreo, las actividades libres o las situaciones sociales nuevas y cambiantes.

 

El coste del enmascaramiento: lo que la investigación nos dice

El masking no es inocuo. La investigación de los últimos años es bastante consistente al respecto. Ross, Grove y McAloon publicaron en 2023 un estudio que señala que el masking en niños y adolescentes autistas puede ser un predictor significativo de problemas de salud mental, entre ellos ansiedad o depresión. El esfuerzo constante de simular una normalidad que no se siente agota, y ese agotamiento tiene consecuencias reales sobre la salud mental.

Uno de los riesgos más importantes a largo plazo es la desconexión con la propia identidad. Los menores que pasan años enmascarando pueden llegar a la adolescencia o la adultez sin saber bien quiénes son realmente, qué sienten, qué necesitan. Han aprendido tan bien a ser lo que el entorno espera que han perdido contacto con su propia experiencia interior. Esto es especialmente relevante en el caso de las niñas, que tienden a desarrollar estrategias de enmascaramiento más sofisticadas y sostenidas, lo que explica en parte por qué el diagnóstico de autismo y TDAH en mujeres se produce con tanta frecuencia en la edad adulta, muchos años después de que los síntomas hayan estado presentes.

 

¿Qué podemos hacer como padres?

La primera y más importante aportación que pueden hacer quienes acompañan a un menor neurodivergente es crear entornos donde no sea necesario fingir para encajar. Esto no significa eliminar toda norma ni ignorar las necesidades del grupo, sino construir espacios de seguridad donde el menor sepa que puede expresarse de forma auténtica sin miedo al rechazo o al juicio.

En el ámbito familiar, algunas claves útiles pasan por validar explícitamente los rasgos del menor que pueden resultar diferentes, sin tratarlos como problemas a corregir. Si un niño necesita moverse para concentrarse, si le cuesta el contacto visual, si prefiere jugar solo a veces: normalizar estas diferencias en casa reduce la presión de ocultarlas fuera. También es importante no interpretar el agotamiento de llegada a casa como mal comportamiento, sino como la señal de que el menor ha estado haciendo un esfuerzo enorme durante el día y necesita espacio para descomprimirse.

 

¿Cuándo buscar apoyo profesional?

No todos los menores neurodivergentes necesitan intervención clínica por el hecho de enmascararse. El masking es, en cierta medida, una estrategia adaptativa natural. El problema aparece cuando el coste es demasiado alto: cuando el agotamiento es crónico, cuando la salud emocional se deteriora, cuando el menor empieza a perder contacto con su propio sentido de identidad o cuando la ansiedad o la depresión hacen su aparición.

En estos casos, la intervención psicológica puede ser muy útil. No para enseñar al menor a enmascararse mejor, sino para ayudarle a identificar en qué contextos puede ser más auténtico, a construir una identidad sólida que no dependa de la aprobación constante del entorno, y a desarrollar estrategias de regulación que reduzcan la necesidad de un autocontrol tan exigente. Desde Instituto Alcaraz trabajamos con niños, adolescentes y sus familias en este proceso, entendiendo que el objetivo no es que el menor encaje mejor en el molde, sino que el molde sea lo suficientemente amplio para que pueda crecer dentro de él.

La neurodiversidad no es un problema a resolver. Es una realidad humana que merece comprensión, respeto y los apoyos adecuados. Y entender el masking es, en gran medida, aprender a ver lo que no se muestra.

 

 

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