Son muchos los aspectos analizados y las cuestiones más comunes en el ámbito social que se estudian en cuanto al TEA.
Pero hay que qué pasa en el patio con los menores con autismo y cómo podemos hacerlo más amable y convertirlo en una herramienta educativa, en un espacio productivo para la socialización y en un ambiente donde el niño o niña pueda disfrutar.
En Instituto Alcaraz se reciben muchas consultas sobre los menores con TEA en el recreo u otros tiempos de ocio. Los especialistas del Instituto pueden ofrecer pautas para detectar los problemas de un niño en estos entornos del recreo y cómo podemos aprovecharlo para que sea un ambiente donde pueda aprender y socializar.
Para muchos niños, el recreo es sinónimo de juego, movimiento y desconexión. Para otros, especialmente algunos peques con TEA, puede ser justo lo contrario: ruido, reglas cambiantes, incertidumbre social y un cuerpo que se satura. Y lo más importante: no siempre se ve desde fuera.
El recreo es uno de los momentos más “libres” del colegio… y precisamente por eso puede complicarse. Es un entorno poco estructurado, con muchos estímulos (gritos, silbatos, carreras, choques), y con normas sociales que cambian rápido (“ahora sí juegas”, “ahora no”, “era broma”, “te toca esperar”, “era mi turno”). Las guías educativas señalan que los tiempos no estructurados como el patio y el horario del comedor suelen ser especialmente difíciles para alumnado autista.
Además, el patio actúa como currículum social: ahí se aprende a entrar en un juego, negociar reglas, tolerar frustración, interpretar gestos y dobles sentidos. Y si esa parte cuesta, el resultado puede ser que el niño o niña con autismo quede aislado o inmerso en un conflicto por su falta de herramientas para gestionar estos momentos o por saturación.
Señales del miedo al recreo y medidas de ayuda
En estos casos, lo primero que debemos saber es cómo un menor con TEA vive estos espacios de ocio en el recreto. Es necesario la observacióno porque, generalmente, no suelen verbalizar sus dificultades, aunque su comportamiento son mensajes claros de que tienen problemas de adaptabilidad y de gestión del espacio en el patio escolar. Su respuesta más común es quedarse solo, o dar vueltas sin terminar de ‘conectarse’ con nadie de su edad; y muchas veces buscan vincularse a los adultos, como un profesor o un vigilante, que interpretan como zonas seguras. Otro de sus recursos comunes en los menores con TEA es buscar refugio en espacios aislados como la biblioteca o el baño.
La consecuencia de este comportamiento es una reacción posterior que, en algunos casos, no es controlable, fruto del estrés emocional que les genera el miedo a salir al patio o a volver a clase. En un menor con TEA, su contención y el aislamiento tiene como respuesta una explosión emocional, que nace de su agotamiento mental, de la generación de una irritabilidad incrementada por su aislamiento y la dificultad de hacer frente a un espacio sin reglas ni normas claras.
La mejor manera de ayudar a estos menores es estructurar su tiempo de ocio. La improvisación y la falta de control de las rutinas son polos opuestos a la estabilidad del menor con TEA. En lugar de dejarlo al azar, ayuda muchísimo acordar un plan simple con dos o tres opciones. Por ejemplo, jugar al columpio 5 minutos; a la pelota con alguien determinado; o estar un rato en un rincón tranquilo. Cuando el niño con TEA sabe qué puede hacer y qué viene después, baja la incertidumbre, que es justo lo que suele disparar la ansiedad en tiempos no estructurados.
Al mismo tiempo, hay que entender la hipersensibilidad que genera estos espacios, llenos de ruidos y mil estímulos. Encontrar para ellos un lugar de pausa” —biblioteca, zona tranquila, aula de apoyo— cambia el recreo por completo, porque el niño entiende que puede retirarse cuando se está saturando. No es “te portas mal, te vas”, sino “si te estás pasando, paras para regularte y luego vuelves”, lo que previene muchas crisis.
No obstante, a muchos menores con TEA les cuesta engancharse a juegos libres donde las normas cambian todo el tiempo. En cambio, cuando hay actividades estructuradas (pilla-pilla por turnos, balón por parejas, circuitos sencillos), el patio se vuelve más predecible: se entiende qué toca, quién va primero y qué se espera de cada uno. En estos entornos, es muy positivo generar un “compañero de apoyo” porque reduce barreras sociales y mejora la interacción con el resto. Y si se necesita un adulto, lo ideal es que actúe como “coach”: facilita la entrada, aclara reglas, y se retira poco a poco para que el niño gane autonomía, no dependencia.
El recreo es otro espacio para la educación social de los menores con TEA. Por lo tanto, deben contar con una planificación, un proceso de acompañamiento y una atención personalizada como en el resto de los ámbitos en los que convive. Ello supone crear micro objetivos realistas: hoy saludar a uno, mañana jugar tres minutos y luego descansar, otro día pedir turno. Para eso ayudan mucho los guiones sociales y frases comodín (“¿puedo jugar?”, “¿qué toca ahora?”, “necesito un descanso”), porque le dan al niño palabras listas cuando la situación le supera. Los pictogramas en el espacio de ocio, como es un tiempo de recreo, también es útil para ellos, y permite que el resto de compañeros interioricen las necesidades especiales de otros compañeros.
El retorno a clase de los menores con TEA también debe ser estipulado y dividido en fase para frenar la hiperestimulación con la que sale del tiempo de ocio. El docente tiene que ser consciente de que hay que graduar con tareas de transición entre un momento a otro, y entender que en su caso requiere más tiempo.
Si hay sobrecarga sensorial, apoyos como auriculares, gorra u objeto regulador no son un capricho, sino herramientas para poder participar sin saturarse. Y ojo con la vuelta a clase, porque muchos vuelven “pasados de vueltas”, así que acordar 1 o 2 minutos de transición ayuda a reiniciar y evitar conflictos en el aula.
Instituto Alcaraz (www.intistutoalcaraz.com) trabaja estas inquietudes de las familias con menores TEA con todo su equipo de profesionales, gracias al aspecto multidisciplinar en las áreas de psicología, terapia ocupacional, y logopedia.
El recreo no debería ser una prueba de resistencia, con pequeños apoyos puede convertirse en un espacio más seguro y participativo. Anticipación, pausas, estructura y acompañamiento adecuado ayudan a reducir la sobrecarga y a facilitar la relación con iguales. Si notas que el patio le está haciendo sufrir, pedir orientación a tiempo puede marcar una gran diferencia.

