A lo largo de la historia, los cambios de ciclos, los cambios de estación o el final de un periodo, siempre han sido aprovechados como un momento de catarsis social, de reflexión colectiva, de análisis y balance, origen – en cierta medida – de muchas de las celebraciones que se han mantenido ancestralmente de una u otra forma, y que siempre ha significado el principio o final de una etapa. Las fiestas de San Juan y el comienzo del verano, la Navidad, el Año Nuevo y el invierno, la Semana Santa y el inicio de la primavera, todos ellos son periodos inéditos donde enmendar errores, cambiar aptitudes y evolucionar en positivo.

Para la cultura occidental, el cambio de año es esencial en nuestra forma de persona y vivir, puesto que se tiene mayor conciencia de un cambio de ciclo vital. Por eso, a título individual nos repetimos en cada cambio de ciclo, a las vueltas de unas vacaciones de verano al inicio de un año nuevo, nuevos y buenos propósitos. Un ejercicio de compromiso personal con uno mismo que se atribuye a los adultos, pero que puede ser positivo en el cambio de dinámicas de nuestros adolescentes. Pero es cierto que los buenos propósitos, tanto en adultos como entre los más jóvenes, pueden ser beneficiosos si son medidos, son realizables, ajustados a un nivel de autoexigencia asumible y, en definitiva, si potencia la realización y no alimenta la frustración.

Entre los más jóvenes, puede ser utilizado para modificar conductas o comportamientos, también rutinas poco saludables. Tanto en hábitos o comportamientos sociales, en la relación familiar, en las rutinas de estudio, régimen de alimentación o falta de actividad física. Es bueno que estos buenos propósitos sean compartidos, acompañados por un adulto.

La figura del adulto es esencial, pero no debe entenderse como un censor, sino como un animador a superar las metas propuestas. El adulto, como maestro guía hace de notario no recriminatorio, pero también aquel que ayuda a fijar metas intermedias y, en consecuencia, algunos premios o incentivos, que deberán ser pactados entre todos. Porque las metas intermedias y los reconocimientos son también esenciales para no potenciar el descuido, el abandono y la consiguiente frustración. Por ello, es esencial establecer muy bien los buenos propósitos y que estos se ajusten a la capacidad real de poder realizarlos.

Buenos retos para este 2024 pueden ser muchos. Las circunstancias personales de cada chico o chica son las que deben determinar cuál de ellos elegir. Uno o dos a lo sumo. Establecer una rutina de estudio mínima al día, realizar las tareas a diario, mantener un comportamiento en clase respetuoso, puede ser un buen inicio. En el paso previo, autolimitarse el consumo de los dispositivos electrónicos y sustituirlo por actividad física a elección (el gimnasio, nadar, una práctica lúdica deportiva) también es muy útil, en el sentido de que el deporte libera estrés, aumenta la autoestima y genera las endorfinas y mucha de la energía contenida en estas edades.

En algunos casos, se puede tratar simplemente de establecer pautas de higiene o alimentación. Por ejemplo, una o dos comidas de verdura a la semana; comer dos piezas de fruta al día, dejar la fast-food para una vez a la semana, u otras similares también son ejercicios muy beneficiosos.

Sea cual sea el reto, es siempre mucho mejor cuando está cuantificado y no es genérico. Es más sencillo de medir cuando se plantea uno o dos días de gimnasio a la semana que el incontable, “hacer más ejercicio”.

Y, sobre todo, de ahí la figura de equilibrio del adulto, establecer mecanismos de corrección en caso de incumplimiento que no aboque al autosabotaje o al abandono por rendición. Si no se cumple, hay que fijar de antemano las medidas correctivas. Por ejemplo, en el caso de un uso excesivo del móvil en un día concreto, establecer una compensación en consecuencia en la siguiente semana.

Una etapa nueva debe entenderse como una nueva oportunidad. Desde la concepción de que no es una prueba más que deba dirimirse entre los viejos y nocivos conceptos de ‘éxito’ o ‘fracaso’. Los cambios, en cualquier faceta de la vida, no son lineales, están llenos de subidas y bajadas, curvas pronunciadas y algún accidente. También de buenos resultados, de sensaciones agradables, de autosatisfacción, de encontrarse y despistar la angustia que produce no estar a gusto con determinadas facetas personales.

En el proceso de crecimiento y autoconocimiento del adolescente es, si cabe, el proceso más importante. Tiene que enfrentarse a muchos cambios, a nuevas realidades, a la asunción de responsabilidades nuevas, mucha presión social en el ámbito académico y, sobre todo, de autoaceptación.

El cambio de año puede ser un buen camino en su ayuda, aunque el destino final no tiene que ser ese propósito marcado, sino el ejercicio de reconocer que debe mejorar y que lo puede hacer. En los propósitos, como en casi todo, es más importante el viaje que el destino. Feliz 2024.

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