La ciencia necesita más niñas… y más formas de aprender

Cada 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Este día no es solo una fecha simbólica.

 

Es una oportunidad para reflexionar sobre el acceso, la participación y el reconocimiento de las mujeres en un ámbito que, históricamente, no siempre las ha tenido en cuenta.

Pero en esta conversación necesaria también hay otro ángulo que muchas veces queda fuera: el de las niñas que aprenden, sienten y procesan el mundo de forma diferente. Niñas neurodivergentes —con TDAH, autismo, dislexia, dificultades sensoriales o de aprendizaje— que pueden tener grandes capacidades, pero que no siempre encuentran un entorno preparado para reconocerlas y acompañarlas.

No es que no puedan, es que aprenden distinto

Cuando hablamos de promover vocaciones científicas en niñas, solemos centrarnos en abrir puertas desde fuera. Más oportunidades, más referentes, más visibilidad. Pero tan importante como eso es lo que ocurre dentro de ellas. Su autoconcepto, su seguridad para atreverse a experimentar, su sensación de pertenencia en espacios que muchas veces perciben como ajenos.

Frases como “esto no es para mí”, “yo no valgo para esto” o “no lo entiendo como los demás” suelen aparecer mucho antes de que una vocación siquiera tenga tiempo de nacer. Por eso es fundamental que desde los primeros años el entorno educativo y familiar se valide las diferencias en la forma de aprender, sin traducirlas automáticamente en “falta de capacidad” o “desinterés”.

Científicas que abren camino desde la diferencia

Cada vez más mujeres en el ámbito científico comparten su experiencia con la neurodivergencia. Historias reales que muestran cómo, a pesar de las dificultades, han desarrollado trayectorias científicas sólidas, y también cómo esas diferencias cognitivas han influido en su manera de ver el mundo.

Temple Grandin, doctora en ciencia animal, ha hablado abiertamente sobre su diagnóstico de autismo y cómo, de niña, enfrentaba grandes dificultades para comunicarse y gestionar la sobrecarga sensorial. Gracias a un entorno que entendió sus necesidades, su forma única de pensar se convirtió en una ventaja dentro del campo de la etología.

Camilla Pang, bióloga molecular, fue diagnosticada con autismo en la infancia. Explica que su forma de entender el mundo social era tan confusa, que necesitó buscar respuestas a través de la ciencia. En su caso, el pensamiento científico no fue solo una vocación, sino una herramienta para entender la realidad.

Maggie Aderin-Pocock, científica espacial, recibió su diagnóstico de dislexia a los ocho años. Llegó a odiar la escuela por las dificultades que experimentaba con la lectura, y sin embargo, encontró en la ciencia un espacio donde podía brillar si se respetaba su forma de aprender.

Jennifer Kotler, bióloga, diagnosticada con TDAH también desde pequeña, relata cómo su camino académico fue posible gracias a apoyos concretos, comprensión del entorno y estrategias personalizadas para autorregularse y avanzar.

Estas historias tienen algo en común. Ninguna de estas mujeres encajaba en el patrón “típico” de niña brillante y segura, pero aun así construyeron trayectorias científicas desde sus fortalezas y sus diferencias. No porque les exigieran más, sino porque alguien supo mirar más allá de la dificultad.

¿Y si no todos los cerebros aprenden igual?

Esta frase, tan sencilla como potente, puede cambiar muchas trayectorias. Algunas niñas —también niños— necesitan más tiempo, otras necesitan más calma, otras comprenden mejor con imágenes, otras requieren entornos predecibles y menos estímulos. Cuando el sistema se adapta al niño —y no al revés—, la curiosidad se mantiene, la autoestima crece y la ciencia deja de parecer un espacio exclusivo.

¿Qué podemos aprender este 11 de febrero?

El 11F es mucho más que celebrar a las mujeres en la ciencia. También es un momento para hacernos preguntas esenciales:

  • ¿Estamos detectando a tiempo las dificultades que pueden afectar a la autoestima de nuestros hijos?
  • ¿Estamos ofreciendo apoyos sin convertirlos en etiquetas?
  • ¿Estamos dejando que cada niño descubra su potencial sin tener que encajar en un molde único?

Muchas vocaciones se apagan no por falta de inteligencia, sino por desgaste emocional, por no sentirse vistas o por la autoexigencia de parecer algo que no se es. Como sociedad, como profesionales y como familias, podemos ayudar a que ninguna niña se quede fuera del camino científico por no aprender “como se espera”.

La ciencia necesita más mujeres, sí. Pero también necesita más maneras de pensar, más formas de aprender y más entornos que acojan la diferencia como valor.

Y todo eso empieza con una pregunta sencilla, pero poderosa:
¿Qué necesita un niño para desarrollar todo lo que ya tiene dentro?

 

 

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