En los últimos años, ha surgido un nuevo fenómeno que cada vez preocupa más a familias, educadores y profesionales de la salud mental: el FOMO. Bajo estas siglas, que provienen del inglés Fear of Missing Out, se esconde un tipo de ansiedad social que se manifiesta como una necesidad constante de estar al tanto de todo lo que sucede a nuestro alrededor.

Aunque este malestar puede afectar a personas de todas las edades, son los adolescentes quienes se muestran especialmente vulnerables. En esta etapa del desarrollo, el deseo de ser aceptado, de sentirse parte del grupo y de ganar popularidad está más presente que nunca, lo que convierte a las redes sociales en una fuente diaria de presión emocional. Según señala el psiquiatra del Hospital Vithas Valencia 9 de octubre, Víctor Navalón sobre el estudio publicados por la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (SEPSM), aproximadamente el 60% de los jóvenes atendidos en consulta presentan signos de uso problemático o incluso adicción a las redes sociales, con el FOMO como uno de los factores principales.

El FOMO puede llevar a revisar constantemente el móvil, a compararse de forma compulsiva con los demás y a sentir que cualquier desconexión implica perderse algo valioso. Esto provoca una especie de distorsión mental: se empieza a percibir como “real” lo que muchas veces no es más que una versión filtrada o exagerada de la vida ajena. Y con ello, se debilita la capacidad de ver las cosas con perspectiva, de identificar lo que es ficción y de disfrutar del presente sin ansiedad.

 

Señales que pueden indicar la presencia de FOMO

El FOMO no siempre se presenta de forma evidente. A menudo se manifiesta a través de pequeños cambios en el comportamiento o el estado de ánimo, que pueden pasar desapercibidos si no se les presta atención. Identificar estas señales a tiempo es clave para prevenir un uso problemático del móvil y de las redes sociales.

Algunas de las pistas más comunes son:

  • Malestar emocional: el menor puede sentirse más irritable, ansiosa o triste sin una causa clara. A menudo, esto está relacionado con la sensación de no estar participando en lo que otros están viviendo.
  • Aumento del tiempo frente a la pantalla: cuanto más se incrementa el uso del teléfono móvil, más se alimenta la necesidad de seguir conectado para no “perderse nada”.
  • Desconexión con la vida real: actividades que antes se disfrutaban ahora pueden generar desinterés, mientras que las interacciones virtuales pasan a ocupar un lugar prioritario.
  • Sensación de exclusión: el hecho de no haber participado en un evento o plan compartido en redes puede generar sentimientos de soledad.
  • Búsqueda de alivio emocional en internet: usar el móvil como vía de escape ante problemas personales o emociones difíciles, aunque el efecto solo dure unos minutos.
  • Reacciones negativas ante lo que ocurre en redes: comentarios desafortunados, la falta de respuestas o simplemente comparar la vida propia con la ajena puede desencadenar estrés o frustración.

 

El entorno digital ha transformado la forma en que los jóvenes se relacionan, se perciben a sí mismos y construyen su lugar en el mundo. A día de hoy, resulta esencial desarrollar una mirada crítica que permita distinguir entre lo que se muestra en las redes y la realidad que hay detrás de cada pantalla. Comprender los efectos emocionales que puede generar esta constante exposición es el primer paso para acompañar a niños y adolescentes en un uso más consciente y equilibrado de la tecnología. El reto no está en desconectarse por completo, sino en aprender a conectarse de manera sana, sin que eso comprometa su bienestar ni su desarrollo personal.

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