Tendemos a idealizar la niñez como una época sin problemas, pero la temprana edad por sí sola no ofrece ninguna protección contra los daños emocionales y los traumas que pueden enfrentar los niños.

La infancia y la adolescencia son etapas críticas en el desarrollo de cualquier individuo, períodos en los que se forman las bases emocionales, cognitivas y sociales que perdurarán a lo largo de la vida. Sin embargo, estos años pueden verse afectados por la presencia de traumas, experiencias generalmente angustiantes y dolorosas. Los traumas en la infancia y la adolescencia pueden surgir de diversas situaciones negativas como cualquier tipo de abuso físico, emocional, o sexual (cualquier forma de contacto sexual no deseado o inapropiado) falta de cuidados, atención o necesidades básicas no cubiertas, violencia doméstica o pérdidas significativas, entre otros.

Los efectos que pueden provocar estos traumas pueden verse prolongados en el tiempo, influyendo no solo en el bienestar psicológico del menor, sino también en su desarrollo social y académico. Si hablamos de los efectos físicos que puede ocasionar la aparición de un trauma, la falta de sueño, problemas en la concentración, nervios o el dolor de estómago o de cabeza, son algunos de los que más se repiten. Además, las consecuencias del trauma no se limitan a la niñez; muchas personas llevan consigo las cicatrices de estas experiencias traumáticas hasta la adultez, manifestándose en problemas de salud mental como por ejemplo la depresión, ansiedad o trastornos de estrés postraumático.

La infancia, especialmente entre los 6 y los 11 años, es una fase crucial en el desarrollo humano. Durante este periodo, la familia juega un papel fundamental como protector principal, y generalmente, siendo la mayor fuente de aprendizaje y primer entorno de socialización. Cuando se trata de traumas infantiles, la familia puede ser tanto una fuente de estrés como un pilar fundamental para la recuperación. La forma en que los miembros de la familia responden a un evento traumático afecta en el impacto del trauma en el menor. Una respuesta de apoyo y comprensión puede mitigar los efectos negativos, mientras que la negación o la minimización del trauma puede acrecentarlos.

 

Cómo superarlos

Ahora bien, desde la familia, ¿Cómo podemos tratar los traumas? Lo característico de las experiencias traumáticas es la intensidad con las que se viven. Esta intensidad puede ser tan abrumadora que bloquea la capacidad de la persona para responder de manera adaptativa, lo que lleva a desencadenar síntomas y dificultades a largo plazo como resultado del trauma experimentado. Por ello, es crucial servir de bastón para nuestros menores en el tratamiento de estas experiencias.

Proporcionar seguridad y estabilidad: mantener un entorno seguro y predecible es fundamental para que los niños se sientan protegidos, como rutinas diarias consistentes que asegurarán la estabilidad del hogar.

Ofrecer apoyo emocional: escuchar activamente a los niños, validar sus sentimientos y mostrar comprensión y empatía puede ayudarles a procesar sus emociones y experiencias traumáticas.

Fomentar la comunicación abierta: crear un entorno donde los niños se sientan cómodos expresando sus pensamientos y sentimientos sin miedo a ser juzgados.

Enseñar estrategias de autorregulación: mostrar cómo pueden manejar el estrés y las emociones de manera saludable puede enseñar a los niños habilidades importantes para la vida.

Buscar ayuda profesional: reconocer la necesidad de intervención profesional y facilitar el acceso a terapias y servicios especializados es una de las principales herramientas para la recuperación del trauma en el menor.

Los traumas infantiles son desafíos serios que requieren atención y comprensión. Identificar los signos tempranos y buscar el tratamiento adecuado puede marcar una diferencia en la recuperación y el bienestar a largo plazo del menor. Con el apoyo adecuado, los niños pueden superar los efectos del trauma y desarrollar una resiliencia que les permita crecer y prosperar. El papel de la familia en la vida de un niño traumatizado es inmenso. Un entorno familiar empático, comunicativo y de apoyo puede ser un factor decisivo en la recuperación del trauma y en la construcción de la resiliencia. Al proporcionar seguridad, así como buscar ayuda profesional adecuada, las familias pueden ayudar a los niños a superar este tipo de experiencias negativas y a desarrollar las habilidades necesarias para una vida sana y equilibrada.

 

 

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