En la infancia, las emociones se viven con una intensidad que muchas veces los adultos olvidamos. Ante una frustración, una caída o un enfado, es habitual que intentemos calmar a los niños con frases sencillas, que creemos reconfortantes.

Sin embargo, cuando esas respuestas niegan o minimizan lo que el niño está sintiendo, pueden generar confusión emocional.

A largo plazo, esta forma de responder puede dificultar el desarrollo de una adecuada regulación emocional y limitar la expresión de lo que realmente ocurre por dentro. Validar sus emociones no significa reforzar el malestar, sino acompañarlo desde la comprensión y el respeto. Porque sentirse escuchado es también parte del aprendizaje emocional.

 

Frases heredadas desafortunadas

Muchas de las frases que usamos para calmar a los niños no son nuestras, las repetimos porque también las hemos escuchado a lo largo de nuestra vida y las incluimos en nuestro vocabulario sin pensar en lo que pueden provocar en el otro. Son respuestas automáticas, bienintencionadas, pero que transmiten un mensaje contradictorio, «lo que sientes no es tan importante».

  • «No pasa nada» cuando sí pasa

Solemos decirlo para calmar, pero cuando un niño llora tras una caída o una pelea, escuchar “no pasa nada” invalida su vivencia. Desde su mundo, sí ha pasado: sintió miedo, dolor o desconcierto. Negar su emoción no lo tranquiliza, lo confunde. Además, le impide aprender a identificar y poner nombre a lo que siente.

  • «Eso no es para tanto»

Esta frase nace de una comparación injusta: lo que a mí no me parece importante, tampoco debería serlo para ti. Pero los niños viven el mundo con una intensidad emocional diferente, porque aún están construyendo su filtro interno. Lo que para un adulto es una anécdota, para ellos puede ser una montaña.

  • «Venga, no llores»

Cuando el llanto estorba. El llanto es una forma natural de liberar tensión. Pedir a un niño que no llore es, en realidad, pedirle que no muestre su emoción. En lugar de permitirle expresar su tristeza, se le empuja a reprimirla.

  • «No es para ponerse así» y «No tienes motivos para estar enfadado/a»

Juzgar la emoción: Estas frases cuestionan directamente la validez de la emoción que el niño está sintiendo. Y aunque no lo parezca, esto enseña que hay formas correctas e incorrectas de sentirse.

  • «Seguro que se te pasa» y «No te enfades por tonterías»

Minimizar con prisa solo genera más desconexión. Transmitimos que lo que sienten es exagerado o molesto, y que deben estar bien cuanto antes. Pero no se puede acelerar un proceso emocional. A veces solo necesitan tiempo, presencia y permiso para sentirse mal un rato.

  • «Ya eres mayor para esas cosas»

La madurez emocional no llega con la edad cronológica. Incluso los niños más “mayores” necesitan consuelo, espacio para el llanto y validación. Decirles que ya no les “toca” sentir ciertas cosas, solo añade vergüenza y soledad a lo que ya estaban atravesando.

 

¿Cómo sí acompañar?

En lugar de corregir lo que sienten, podemos ayudarles a entenderlo. Algunas formas de acompañar emocionalmente con respeto pueden ser:

  • «Entiendo que eso te ha dolido»
  • «Es normal sentirse así cuando algo nos molesta.»
  • «Puedes llorar si lo necesitas»
  • «A veces las cosas pequeñas también nos afectan.»

Acompañar no es justificar cualquier reacción, sino ofrecer un espacio seguro donde expresar sin miedo. Cuando el adulto valida la emoción, el niño no solo se calma, también aprende a escucharse a sí mismo y a regularse.

 

 

 

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