Hay algo que los niños suelen hacer mejor que muchos adultos. Estar donde están. No porque vivan sin dificultades ni porque su mundo sea siempre sencillo, sino porque su forma de relacionarse con el tiempo es distinta.

Cuando un niño juega, juega. Cuando ríe, ríe. Cuando se enfada, se enfada. Y cuando la emoción pasa, vuelve a su actividad. Esa capacidad de permanecer en el momento presente —sin quedar atrapados constantemente en el “antes” o el “después”— explica en parte por qué la infancia suele asociarse con una vivencia más directa y espontánea de la alegría.

 

No es que ‘no piensen’, sino que su funcionamiento mental es diferente

Cuando somos adultos es frecuente vivir en un estado de anticipación constante o revisión del pasado. Analizamos lo que ocurrió, proyectamos lo que puede pasar, imaginamos escenarios posibles. Esta actividad mental, aunque útil, también es una de las principales fuentes de ansiedad y estrés que tenemos.

En la infancia, esta tendencia existe, pero suele tener menos peso. El pensamiento está más vinculado a lo concreto, al cuerpo, al juego, a la experiencia inmediata. Cuando el entorno es razonablemente seguro, el niño puede acceder con mayor facilidad a un estado de presencia que, en psicología, se asocia a una mejor regulación emocional.

Gran parte del sufrimiento psicológico aparece cuando la mente queda atrapada en la rumiación del pasado o en la anticipación del futuro. El presente, en cambio, es el espacio donde el sistema nervioso puede regularse. Respirar, moverse, explorar, vincularse y descansar. Los niños, de forma natural, tienden a habitar ese espacio con mayor frecuencia.

 

No es felicidad constante, es mayor capacidad de recuperación

Esto no significa que los niños estén felices todo el tiempo. También lloran, se frustran, sienten miedo o enfado. La diferencia no radica en la ausencia de emociones difíciles, sino en la manera en que las transitan.

En muchos casos, cuando una emoción se expresa y es acompañada adecuadamente por el adulto, el niño puede procesarla con mayor inmediatez. No porque “le dé igual”, sino porque su experiencia emocional no suele prolongarse mediante análisis o interpretaciones complejas. La emoción cumple su función, se regula y el niño vuelve al juego, al movimiento o a la curiosidad.

Hablar de bienestar infantil no implica idealizar la infancia como un estado permanente de alegría. Implica reconocer esa capacidad de volver a la calma, de reconectar con el interés y de sentirse lo suficientemente seguro como para habitar el aquí y ahora.

 

¿Qué necesita un niño para poder vivir en el presente?

La presencia no es automática ni aparece por arte de magia. Se sostiene en un contexto que favorece la seguridad y la regulación.

Las rutinas predecibles les aportan tranquilidad, porque reducen la incertidumbre. El descanso adecuado regula el sistema nervioso y previene estados de alerta constante. El juego libre permite experimentar, explorar y procesar el mundo desde la espontaneidad. La disponibilidad emocional del adulto —no perfecta, pero sí presente— ofrece una base segura. Y la reducción de la sobreestimulación (ruido constante, prisas, pantallas excesivas) ayuda a que la atención no se fragmente ni aumente la irritabilidad.

Cuando estos elementos están presentes, el niño puede mantenerse más tiempo conectado al momento actual, lo que impacta directamente en su bienestar emocional.

 

¿Qué podemos aprender los adultos de la infancia?

En fechas como el Día Mundial de la Felicidad, como este 20 de marzo, solemos buscar grandes respuestas. Sin embargo, la infancia nos recuerda algo más sencillo y profundo. La felicidad no es un estado permanente, sino una suma de momentos vividos.

Los niños nos muestran que la alegría no siempre necesita un gran acontecimiento. A veces basta con tiempo, cuerpo, juego y vínculo. Y quizá la enseñanza más valiosa sea esta. No se trata de estar bien siempre, sino de contar con un entorno que permita, una y otra vez, regresar al presente.

Cuando un niño puede estar aquí —en el juego, en el abrazo, en la risa o incluso en el enfado acompañado— su bienestar se construye de manera natural. Y es ahí donde comienza una base sólida para la salud emocional futura.

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