En algunos casos recibimos la llamada de unos padres que nos preguntan directamente ¿qué nos está ocurriendo que nuestro hijo nos desafía permanentemente? Y cuando esto ocurre se puede deducir que no es un comportamiento puntual, sino que es sostenido en el tiempo hasta el extremo de afectar a la convivencia familiar. Lo que podemos decir es que hay una posibilidad de tener frente a nosotros un caso de Trastorno de Oposición Desafiante (TOD), que tiene una prevalencia en la población infantil que algunos estudios cifran en algo menos del 20% de los menores.

El periodo ‘rabieta’ es común en menores de tres años, pero cuando el desafío es prolongado y se manifiesta en diferentes facetas y modos es necesarios prestarle atención. La consulta de un profesional de la psicología infantil es importante para descartar diagnóstico o certificarlo.  Sin embargo, para que el psicólogo certifique que, efectivamente, existe un Trastorno Oposicionista Desafiante, estas conductas de desafío a la autoridad deben darse en mínimo dos ámbitos. Por ejemplo, en el entorno familiar y en el colegio.

Esta actitud de nuestro hijo o hija que se traduce en constantes rabietas, discusiones sin fin, indisciplina extremada, resistencia a las órdenes, a las rutinas o a las reglas de convivencia, en un estado de enfado constante y una respuesta verbal que busca ser hiriente, entre otras manifestaciones, nos puede dar la pista de estar ante un Trastorno de Oposición Desafiante, donde el padre o la madre terminan sintiéndose como un saco de boxeo.

Es cierto que entre los menores siempre hay casos de desobediencia o un comportamiento más difícil, pero estamos ante casos sostenidos en el tiempo, que se manifiesta en una relación de desafío constante durante periodos superiores a los seis meses y donde la resistencia a la autoridad es irreductible. No estamos ante un problema de conducta de carácter violento o agresivo, autolesivo o contra terceros, sino ante una situación de conflicto verbal y conductual.

Esto se traduce en una falta de relación normalizada en el ámbito familiar que requiere, primero, un diagnóstico real de qué le ocurre el menor y, segundo, un tratamiento integral que incluya al niño o niña como al conjunto de la unidad familiar.

Las causas del TOD no están científicamente concretadas, aunque hay variables de carácter social y ambiental que pueden influir. Lo cierto es que el papel del padre y la madre en el control de este tipo de conductas son importantes, puesto que deben ser el primer dique de contención de estas actitudes. Los expertos en TOD asocian este trastorno a otras variables como por ejemplo la Falta de Atención o la Hiperactividad. Además, hay cuestiones como la depresión, la ansiedad u otras cuestiones a las que se vinculan.

Qué podemos hacer como padres o madres. Lo primero, es lograr un diagnóstico por parte de un profesional, que nos atenderá y nos orientará en el modo de respuesta a los diferentes episodios de nuestro hijo o hija.  Frenar y paliar este trastorno es fundamental porque en muchos casos hay una prevalencia que puede convertirse en trastorno disocial en la etapa adulta.

La regla de oro es convencerse que ante tu hijo no hay que a ganar ningún pulso. El objetivo debe ser otro, no el de colisionar con un menor que responde de manera irracional a estímulos vinculados a la autoridad. Esto requiere que el adulto haga un trabajo previo con ingredientes básicos como la paciencia, el autocontrol, la predisposición positiva y un alto grado de resistencia a la frustración. Porque esta tarea va a requerir mucho tesón para desarrollarla a medio plazo.

Algunos consejos básicos contra el menor que nos reta y desafía constantemente pasan por mantener – con las dificultades que ello conlleva – una actitud positiva y de reconocimiento positivo hacia aquellas acciones que realice el menor. Ello también requiere establecer rutinas que comporte normas y límites fáciles de cumplir, que se vayan incrementando con la edad.

En la familia, debe haber unidad de acción entre los adultos, que no permita a estos menores encontrar huecos donde mantener su actitud replicante. Por su puesto, hay que huir del concepto ‘luchas de poder’, y definir muy bien cuáles son las batallas que valen la pena emprender y cuáles las que nos interesa ganar. Todo ello, adaptado a la edad de nuestro joven desafiante, puesto que estos casos se pueden dar a partir de los dos o tres años e intensificarse en la compleja edad de la adolescencia.

Por lo tanto, estos refuerzos positivos frente al menor desafiante deben estar acordes con su edad, recordando que suelen ser más efectivos que los castigos o la supresión de algún privilegio. La información y el lenguaje con ellos también debe ser medida y claramente empático. Las órdenes deben ser indicaciones, que comprendan una realidad, la acción que deben hacer, el reconocimiento por ello y la posibilidad de seguir disfrutando en el futuro. Por ejemplo, cuando se encuentran jugando al videojuego, viendo la tele o en cualquier circunstancia que deba abandonar como parte de la rutina que tiene establecida.

En todo caso, el adulto debe ser consecuente con las normas y consecuencias que establezca, es decir, debe ejecutar aquella medida que previamente se ha acordado con el menor. Pero, además debe ser un ejemplo en sus actitudes y un modelo en la relación con otras personas. Los menores, aunque sintamos que nos ignoran, en realidad están atentos a qué y cómo los adultos hacen las cosas.

El profesional que atienda al menor le marcará algunas herramientas para mejorar sus habilidades sociales. Por ejemplo, un entrenamiento en el control de sus emociones y su respuesta a la norma de terceros, así como un seguimiento conjunto del menor como de los adultos y sus respuestas a cada uno de los desafíos. La unidad de la acción en estos casos de trastorno de Oposición Desafiante es básica para lograr buenos resultados. La dispersión y la falta de criterio refuerza la actitud del menor que no encuentra límites o que conoce los resortes para tratar por separado con cada uno de sus padres.

Una actitud temprana, una respuesta suficiente, un asesoramiento profesional y una actitud positiva son elementos que generan una buena respuesta, que ayuda al menor a un mejor control y que, sin necesidad de recurrir a otro tipo de terapias, es capaz de lograr resultados positivos a corto y medio plazo.

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