Después de cada periodo de descanso, relax y sosiego nos envuelve la sensación de hacer giros en la vida rutinaria y nos suele embargar la necesidad de intentar metas que siempre hemos postergado.
Lo que se busca tras las vacaciones de verano, como ocurre con otras fechas como el inicio del año, es transformar nuestras vidas en aquello que hemos soñado, dar un paso más, un paso mejor y seguir creciendo en objetivos personales.
Todo ello, sin duda, es muy positivo, y básico en la vida. Pero hay que llegar cuidado, puesto que una sobrecarga puede convertir una vida decisión en un gran problema. Ojo a los efectos negativos de los buenos propósitos.
La visualización de una meta, cuando no se gestiona bien, se puede convertir en una condena, en la sensación persistente de fracaso, en la angustia de no llegar nunca y en el estrés añadido a las obligaciones impuestas de nuestro día a día con aquellas que le añadimos. Se trata de lograr buenos propósitos, y no de añadir nuevas penas.
Para ello, los expertos en psicología proponen establecerse retos, como aliciente para mejorar nuestra vida. Pero apelan a dos conceptos básicos: que sean realistas y que se configuren a través de lo que denominan planificación consciente.
Que sean objetivos reales supone que puedan ser acometidos sin generar un gran trastorno en la cotidianeidad, aunque sí debe suponer un esfuerzo. Y, para ser realista, deben ser metas concretas, sin querer abarcar más de dos o tres objetivos a la vez. Cuando se plantean mil cambios, lo que se logran son 900 penas. Una propuesta sensata sería plantearse dos objetivos o propósitos: comer mejor, hacer más ejercicio, aprender un idioma, o cualquier otro. Pero no muchos.
Una vez definidos es cuando es necesario aplicar el concepto de planificación consciente. Lo que se propone es fijarse metas muy definidas. Frente al «voy a hacer ejercicio todos los días», plantearse ir al gimnasio dos veces a la semana o caminar media hora tres veces a la semana. Quien se plantea aprender inglés, en abstracto, es mejor establecer un compromiso con una o dos clases a la semana.
Y, a partir de ahí, ir creciendo en el objetivo concreto. Porque cuando todo se pone en manos de la voluntad, el cumplimiento se fundamenta en un alambre de sonambulista. Porque hay mil circunstancias en la vida que nos condiciona el día a día, y no podemos dejarlo sobre nuestras cabezas. En estos casos, el éxito de la propuesta personal se fundamenta más y mejor en la generación paulatina de rutinas, la planificación detallada y la búsqueda de apoyo social, en lugar de depender de una motivación inicial que sufrirá baches de todo tipo.
En el caso contrario, cuando despertamos del sueño y vemos nuestros propios incumplimientos, nos embarga esos sentimientos negativos como el fracaso, la frustración, la decepción personal o la sensación de incompetencia, que termina desanimando a acometer esos objetivos tan positivos.
En conclusión, la vuelta de las vacaciones son un buen momento para hacer cambios en algunas rutinas. Pero sin prisa, puesto que seguramente el primer día tras las vacaciones no sea el mejor, ante la necesidad de organizar tantas cosas. Pero sí es perfecto para una correcta planificación de nuestros buenos propósitos. Que deben partir del concepto de la flexibilidad cuando las circunstancias lo imposibilitan. En lugar de castigarte por no haber ido al gimnasio un día, es mejor reconocer que no pasa nada. Al día siguiente se puede retomar el plan sin cargar con el peso de la culpa.
La gestión de los buenos propósitos después de las vacaciones no tiene por qué ser una fuente de estrés y culpa. Con una planificación consciente, estableciendo límites realistas, se puede convertir esta etapa en un momento de crecimiento personal y de satisfacción duradera.
Los propósitos son herramientas para mejorar tu vida, no nuevas cargas sobre la espalda que aumente las causas de estrés, insatisfacción o culpa.

