La lacra de la violencia de género se aborda desde muchos frentes, pero todos los expertos consideran que la infancia y la adolescencia son las fases fundamentales para hacer un cambio social en cuanto a los roles de género y la persistencia social de violencias contra las mujeres, un fenómeno que se mantiene a lo largo de la historia de la humanidad. Coeducar y educar en valores a nuestros adolescentes es la clave para poner fin a esta violencia que sufren las mujeres. Un fenómeno que no atiende a clases sociales, niveles educativos, territorios ni ámbitos geográficos o sociales. Las violencias contra las mujeres están enraizadas en la sociedad de manera atávica, y requiere un ejercicio continuado de formación y educación a lo largo de muchas generaciones para revertir esta situación.

Son muchas las guías y recursos que en esta materia están disponibles y a nuestro alcance para disponer de una línea de actuación con nuestros niños y niñas para abordar este tema con ellos, y las adaptaciones necesarias para adecuarlas a su edad y su nivel de madurez. Puedes consultar la guía aquí.

Sin duda, en esta labor de coeducar y educar en valores, el ámbito escolar y educativo tiene una importancia excepcional. En este ámbito, se puede trabajar a muchos niveles, contemplar escenarios posibles de incipientes comportamientos machistas y episodios de violencia de género de baja intensidad, que requieren ser atajados lo antes posible. La educación en los centros escolares permite detectar comportamientos y romper esos roles clásicos que perpetúan la idea de mujer como mero objetivo o posesión, y el papel del hombre como dominante y controlador posesivo.

Pero también el ámbito familiar se convierte en escenario de primer orden para atajar las situaciones y comportamientos de violencias contra las mujeres. En este entorno, es fundamental abrir los cauces de comunicación y diálogo, que permite a los menores de cualquier edad expresar sus ideas, su visión del mundo y cómo interpreta la realidad cotidiana, no solo dentro de casa, sino también en sociedad. Saber y conocer cómo recibe los estímulos sociales, los mensajes y las sensaciones de su entorno es el primer paso para poder desmontar roles y clichés sexistas que, a la larga, pueden terminar justificando ciertos modelos de violencia. Porque violencia no sólo es la agresión física, también es el menosprecio a la mujer por su mera condición de serlo, el control de su vida, la generación de situaciones de aislamiento social, etc.

En este sentido, es importante un control del lenguaje en cuanto a la repetición de clichés y estereotipos que denigran o marginan el papel de la mujer. La familia debe ser un espacio de igualdad, donde las tareas y las responsabilidades se deben repartir, indistintamente, del sexo de los miembros de la familia. Pero no sólo se deben desmontar roles y estereotipos de mujer, sino también del hombre. Permitir con normalidad que el niño o el adolescente tenga la libertad de expresar sus propios sentimientos, sus dudas y sus miedos es una forma de liberarle de la carga de insensibilidad tradicional de la que se dota al modelo ideal de hombre, escondido en el concepto de macho donde “los niños no lloran” ni los hombres pueden darse el lujo de sentirse rotos, superados mental o emocionalmente.

Tenemos una enorme tarea familiar y social. Son muchas las mujeres que mueren cada año, y muchas que las que sufren diferentes modelos de violencia a cargo de los hombres que más cerca tienen. Un mundo así, no es un mundo justo. Sin duda, tenemos en nuestras manos el mejor material del futuro, esas personas que están en crecimiento y que pueden demostrar que el mundo cambia, mejora, evoluciona y progresa. Un mundo de igualdad, libre de violencias, libre de violentos.

 

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