La infancia es una etapa complicada no solo para los niños, sino también para los adultos que la viven con ellos.

Es una etapa muy bonita, pero también en la que los niños, además de aprender conocimientos, aprenden a entender quiénes son y qué lugar ocupan en el mundo.

 

En este momento, entra en juego la autoestima, es decir, la valoración que alguien hace de sí mismo, siendo uno de los pilares más importantes de su desarrollo emocional, y por tanto, en su rendimiento escolar.

La autoestima se empieza a desarrollar desde las primeras experiencias de vida, a través de la mirada de los demás, teniendo mayor importancia el entorno familiar en esta primera etapa, ya que es el primer espacio donde el niño se siente aceptado, valorado y capaz. Los estilos educativos de los padres tienen un papel decisivo: un estilo afectivo y equilibrado, con normas claras pero comprensivas, suele favorecer una autoestima sana. Por el contrario, un ambiente excesivamente autoritario o poco comunicativo puede generar inseguridad o dependencia.

Otro de los factores esenciales en el desarrollo de la autoestima es el vínculo afectivo o apego seguro. Cuando el niño se siente protegido y querido incondicionalmente, desarrolla confianza en sí mismo y en los demás. Más adelante, esta confianza se traslada a la escuela, donde seguirá construyendo su identidad.

El entorno educativo es un espacio clave para reforzar o debilitar la autoestima, sí. Pero el trabajo más profundo ocurre en casa. No podemos controlar todos los mensajes que recibe un niño, pero sí podemos ser el lugar donde siempre se sienta suficiente. Donde no tenga que ganarse el afecto, ni el orgullo, ni el reconocimiento.

Por eso es tan importante que, como madres y padres, aprendamos a mirar más allá de lo evidente. La baja autoestima no siempre se manifiesta en forma de tristeza o aislamiento. A veces, se disfraza de rabietas constantes, de respuestas desafiantes, de falta de motivación o incluso de perfeccionismo extremo. Un niño que evita participar, que se bloquea ante el error o que necesita constantemente que le aseguren que lo ha hecho bien, puede estar diciéndonos que no se siente suficiente. La clave está en observar sin juicio y en preguntarnos qué hay detrás de ciertas conductas. ¿Por qué se frustra tan rápido? ¿Por qué no tolera equivocarse? ¿Por qué parece que nada de lo que hace le satisface? A menudo, esas señales nos indican que el niño no se valora como debería, que su voz interior es más crítica que amable, y que necesita más que nunca un entorno que le devuelva una imagen más compasiva de sí mismo.

Como figuras de referencia, nuestra manera de hablarles, de reaccionar a sus errores o de reconocer sus logros tiene un impacto profundo. La forma en que respondemos cuando fallan, cuando se equivocan, cuando dudan, puede construir o debilitar esa base emocional que es la autoestima. No se trata de sobreproteger ni de elogiar por sistema, sino de validar lo que sienten, de permitir el error sin castigo emocional, y de reforzar el valor del esfuerzo por encima del resultado. Los niños necesitan sentirse mirados con ternura incluso cuando no lo hacen perfecto. Necesitan saber que no tienen que destacar para ser valiosos, ni acertar siempre para merecer afecto.

La seguridad emocional no se da con grandes discursos, sino con pequeños gestos diarios: estar, escuchar, acoger. Ser ese lugar donde pueden volver, una y otra vez, sin miedo a decepcionar.

 

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies