Con Halloween llegan los disfraces, las historias de fantasmas, las películas y todo un imaginario que juega con el miedo, una de nuestras emociones básicas
Para muchos niños resulta divertido, pero para otros puede despertar temores que continúan incluso cuando la fiesta ha terminado
Y entonces aparece una frase que muchas familias han escuchado alguna vez: “Sé que los monstruos no existen, pero me dan miedo”. Puede parecer contradictorio, pero no lo es, porque saber racionalmente que algo no supone un peligro no significa que podamos dejar de sentir miedo de forma inmediata.
El miedo también forma parte de crecer
El miedo es una emoción natural que cumple una función de protección frente a aquello que percibimos como una amenaza. La Asociación Española de Pediatría (AEP) explica que los miedos son muy frecuentes durante el desarrollo y que van cambiando a medida que el niño crece. Durante los primeros años son habituales los temores relacionados con la separación, los ruidos intensos o las personas desconocidas. Más adelante pueden aparecer el miedo a la oscuridad, los monstruos, los animales o determinados personajes imaginarios. Conforme el niño crece, estos suelen dejar paso a preocupaciones más vinculadas con la realidad, como el colegio, la aceptación de los compañeros, las enfermedades o el fracaso.
Por tanto, que un niño tenga miedo no significa necesariamente que exista un problema. Muchos de estos miedos evolutivos son pasajeros y disminuyen a medida que madura y desarrolla nuevas herramientas para comprender y afrontar aquello que le asusta.
“Pero si sabes que no existe…”
Cuando un niño teme que haya un monstruo debajo de la cama, explicarle que los monstruos no existen puede ayudarle a comprender la situación, pero no siempre consigue tranquilizarle. La emoción no desaparece automáticamente porque la razón diga que no existe peligro.
El miedo activa respuestas físicas que, para ellos, son reales. Puede acelerar el corazón y la respiración, aumentar la tensión muscular o provocar la necesidad de escapar y buscar protección. Es decir, aunque aquello que provoca el miedo sea imaginario, la sensación que experimenta el niño sí es real.
Por eso, respuestas como “no tengas miedo”, “eso es una tontería” o “ya eres mayor para esas cosas” pueden resultar muy poco útiles. Incluso pueden hacer que el niño termine sintiendo vergüenza por tener miedo, además del propio temor.
La imaginación infantil también tiene mucho que ver
Para comprender determinados miedos infantiles también debemos tener en cuenta cómo evoluciona la capacidad para distinguir entre fantasía y realidad. Durante los primeros años, la imaginación tiene un enorme protagonismo y los límites entre lo que existe y lo que el niño imagina todavía se están construyendo.
Por eso, saber que un monstruo pertenece a un cuento no impide necesariamente imaginarlo cuando se apaga la luz. Una sombra, un ruido inesperado o una puerta entreabierta pueden convertirse fácilmente en algo amenazante cuando el cerebro todavía está aprendiendo a interpretar esas situaciones.
Además, cada niño es diferente. El temperamento, las experiencias previas, su nivel de desarrollo o la forma en la que los adultos reaccionan ante el miedo pueden hacer que una misma situación resulte divertida para uno y muy angustiante para otro. Que algunos niños disfruten de Halloween no significa que todos tengan que hacerlo.
Halloween, cuidado con forzar la diversión
Precisamente por eso, Halloween puede ser una buena ocasión para respetar las diferencias individuales. Un niño puede disfrutar disfrazándose y, al mismo tiempo, asustarse ante una máscara demasiado realista. Otro puede querer participar en una actividad hasta que aparecen gritos, oscuridad o imágenes que no esperaba.
No deberíamos utilizar la presión del grupo para obligarle a continuar, justificando que el resto de niños sí lo hacen, que no pasa nada y no sea “miedica”. Tampoco es necesario evitar cualquier experiencia relacionada con el miedo. Lo adecuado es observar cómo responde el niño y permitir una aproximación progresiva, especialmente cuando sabemos que determinados estímulos le generan malestar.
Acompañar no significa evitar todo lo que da miedo
Cuando algo asusta a un niño, nuestra reacción natural puede ser eliminarlo inmediatamente. Sin embargo, protegerle constantemente de cualquier situación que le genere temor tampoco le permite descubrir que es capaz de afrontarla.
La clave está en acompañar de manera gradual y respetando sus tiempos. Podemos validar primero la emoción (“entiendo que esto te asusta”) y después ayudarle a acercarse poco a poco a aquello que teme, sin obligarle ni avergonzarle.
De este modo, el niño aprende que el miedo no hay que evitarlo, sino sentirlo, expresarlo y desarrollar recursos para manejarlo antes de que él te maneje a ti. Tener estas herramientas le permite pedir ayuda cuando la necesita y comprobar progresivamente que puede enfrentarse a determinadas situaciones.
Halloween puede ser una buena ocasión para recordar que el objetivo no es criar niños que nunca tengan miedo, porque el miedo también forma parte del desarrollo emocional. Lo importante es que encuentren adultos capaces de escucharlo sin burlarse, minimizarlo ni convertirlo en algo todavía más grande.

