Los comportamientos de timidez son innatos al ser humano a lo largo de toda la vida. A cada edad se da alguna circunstancia que genera timidez, aunque los casos más comunes son los que se sufren en la infancia.
El hábito y la normalización de determinadas situaciones personales o sociales hace que se vayan superando esos encuentros donde la timidez nos pesa.
La timidez infantil se supera con la edad. Superar la timidez es un trabajo personal, pero el entorno familiar, el acompañamiento, el cultivo de la autoestima y la asunción del error, ayuda a normalizar situaciones complejas o difíciles, muchas veces por desconocimiento y falta de seguridad propia de la falta de experiencia.
Desde Instituto Alcaraz, como venimos recomendando siempre, volvemos a apuntar al concepto de crianza saludable, también contra la timidez. Un modelo que ponga el acento en la capacidad del menor en superar retos, frente al excesivo proteccionismo; un modelo que desarrolle la autonomía personal, la capacidad de resolver situaciones, pero también la madurez de hacer frente a las cosas que no siempre terminan con éxito o con el resultado esperado.
Por norma, la timidez se supera en cada barrera de edad y de desarrollo cognitivo y emocional. Aunque en cada etapa hay razones diferentes para la timidez, así en la infancia son distintas las situaciones que generan comportamientos de timidez que en la adolescencia, y muy diferentes a las que se producen en la etapa adulta.
Pero en ningún caso se ha establecido una razón científica que justifique la timidez, ni orgánica ni emocional. Cada personal tiene su propio nivel de timidez o de ausencia de ellas, sin que esto sea un valor en sí mismo. Ser o no ser tímido no es una cualidad. Pero la timidez severa sí es un problema.
Estamos ante casos de timidez patológica cuando se manifiesta entre los menores con un efecto incapacitante para abordar por sí solos determinas acciones o situaciones. Son una manifestación de una baja autoestima, hace a los menores más retraídos, introvertidos hasta el grado de autoaislarse del resto de su entorno social.
En su vida académica, también supone un lastre en su evolución. La timidez en grado sumo evita la participación en clase, le lleva a episodios de ansiedad, sudoración, tartamudeo, incluso casos de nauseas y palpitaciones. Si no atendemos estos casos de grave timidez, puede derivar en su extremo a una fobia social como adulto de efectos negativos. Es, en estos casos, donde es imperioso acudir a profesionales de la psicología infantil para abordar los casos severos de timidez infantil. Instituto Alcaraz dispone de recursos para atender estas circunstancias. Más allá del tratamiento psicológico, las recomendaciones para atender la timidez infantil pasan por generar confianza y seguridad en el menor.
El ejemplo de los progenitores suele ser clave para reforzar su comportamiento naturalizado. Si los padres no se sienten cohibidos o intimidados en determinadas situaciones, es posible que los menores también asimilen este tipo de comportamientos positivos. En cualquier cosa, para atajar la timidez hay que evitar forzarle a determinas respuestas sociales o obligarle a realizar comportamientos para los que no está preparado. Pero, al mismo tiempo, tenemos que generar espacios para que tome decisiones y actúe de manera autónoma: sobreprotegerle no es hacerle ningún favor.
Los refuerzos positivos son muy importantes, y valorar cada progreso también lo es. Pero siempre hay que evitar correr el riesgo de etiquetar al menor ‘como muy tímido’ ante terceros. Esta definición puede terminar de convencerlo de lo que es y asumir como propio la condición de timidez. Más bien al contrario, hay que animarle – sin presión – a romper ataduras que le supone el miedo social a interactuar con los otros y generar con ellos situaciones de mayor contacto social.
La timidez, aun en el caso más agudo, es un proceso evolutivo y de crecimiento personal. Hablar de cómo relacionarse con los otros, de la importancia relativa de la opinión de terceros y de la necesidad de aceptarse, asumirse y valorarse en un contexto de identidad personal y de su reconocimiento es una buena senda para solventar los problemas que genera la situación. Sin que ello suponga que todo el mundo deba ser o comportarse igual en idénticas situaciones.

