Con la llegada de septiembre vuelven las clases, los libros, las mochilas y también una rutina que a muchos niños les cuesta recuperar después de las vacaciones: madrugar (como a los adultos).
Durante el verano es habitual acostarse más tarde, levantarse más tarde, retrasar las comidas y vivir con horarios mucho más flexibles. Después de varias semanas, el organismo se acostumbra a ese ritmo. Por eso, cuando llega septiembre, no podemos esperar que el cuerpo vuelva a funcionar de un día para otro con los horarios del curso anterior.
La Asociación Española de Pediatría (AEP) recuerda la importancia de recuperar progresivamente las rutinas de sueño antes de la vuelta al colegio. Nuestro reloj biológico necesita tiempo para volver a sincronizarse y durante ese proceso podemos notar algunos cambios en el comportamiento de los niños.
¿Qué le ocurre al cerebro cuando volvemos a madrugar?
Nuestro organismo funciona siguiendo un reloj biológico interno, conocido como ritmo circadiano, que participa en la regulación del sueño, la atención, la temperatura corporal y la liberación de determinadas hormonas.
La luz natural y los horarios que mantenemos cada día ayudan a regular ese reloj. Si durante varias semanas un niño se acuesta y se levanta más tarde, su organismo acaba adaptándose. Cuando de repente le pedimos que se despierte dos o tres horas antes, necesita unos días para reajustarse.
Pensemos en una situación muy habitual. Durante agosto un niño se acostaba sobre las 23:30 y se levantaba a las 10:00. Con el comienzo del colegio pasa a tener que levantarse a las 7:30. Aunque la noche anterior consigamos que se meta en la cama antes, eso no significa que su organismo vaya a tener sueño automáticamente a las 21:30.
Durante los primeros días pueden aparecer cansancio, somnolencia por la mañana, dificultades para mantener la atención, irritabilidad o una menor tolerancia a la frustración.
Ese niño que por la mañana tarda mucho más en vestirse, protesta por cualquier cosa o parece no escuchar cuando le pedimos que prepare la mochila puede estar simplemente cansado. Y cuando estamos cansados, también tenemos menos recursos para prestar atención, controlar impulsos o gestionar el enfado.
Es fácil interpretar estas reacciones como falta de motivación ante la vuelta al colegio, pero muchas veces forman parte del propio proceso de adaptación. El sueño tiene, además, una relación directa con el aprendizaje. Mientras dormimos, el cerebro continúa trabajando en procesos relacionados con la consolidación de la memoria, la atención y la regulación emocional. En la infancia, dormir las horas adecuadas según la edad es especialmente importante para el desarrollo y para afrontar las demandas del día siguiente.
¿Cómo podemos ayudarles a recuperar el horario?
Siempre que sea posible, conviene evitar pasar directamente del horario de vacaciones al horario escolar. Podemos comenzar unos días antes adelantando progresivamente la hora de acostarse y de levantarse hasta acercarnos a la rutina que tendrán durante el curso.
Por ejemplo, si durante las vacaciones se está levantando a las 10:00, podemos ir adelantando el despertador poco a poco durante los días previos en lugar de esperar al primer día de colegio para pasar directamente a las 7:30.
También ayuda exponerse a la luz natural por la mañana, mantener horarios relativamente estables para las comidas y reducir el uso de pantallas antes de acostarse. Crear una rutina previa al sueño, con actividades más tranquilas y siempre en un orden parecido, facilita que el niño vaya asociando ese momento con el descanso.
Y durante los primeros días conviene observar. Si está más cansado, irritable o despistado de lo habitual, quizá necesite algo más de descanso y menos exigencia por la tarde mientras termina de adaptarse.
Septiembre implica muchos cambios a la vez. Nuevos horarios, profesores, actividades, deberes y rutinas. A todo ello se suma un organismo que está intentando recuperar su ritmo habitual.
Si las dificultades para dormir se mantienen en el tiempo, el descanso no es reparador o el cansancio empieza a afectar de forma significativa al comportamiento, al aprendizaje o al bienestar del niño, conviene valorar qué está ocurriendo.
En Instituto Alcaraz podemos ayudar a las familias a identificar qué hay detrás de estas dificultades y ofrecer pautas adaptadas a las necesidades de cada niño.

